contáctenos

Árabe

عربي

       Nabil Khalil PhD Sitio Web - Versión en Español

 
 
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 Fidel Castro Ruz Guerrillero Del Tiempo-Capítulo 06.

 
 
 
TOMO I

06Modernidad, la Colina, luz en el bosque social, leyenda y tradición, versos para el dolor, Martí: una cascada de ideas, comunistas, líder de primer año, Quijote de la Universidad

 

Katiuska Blanco. Una vez le escuché decir al poeta Roberto Fernández Retamar que en 1945 la Universidad lo sumergió a usted en la modernidad, en el espíritu de las ideas más avanzadas. En 1995, usted mismo confesó: «Aquí descubrí las mejores ideas de nuestra época y de nuestros tiempos, porque aquí me hice revolucionario, porque aquí me hice martiano, porque aquí me hice socialista». Sus palabras resonaron entonces en el Aula Magna como campanazos de luz sobre lo vivido en la Colina centenaria, ¿lo hacen también ahora en su memoria?

Fidel Castro. Creo que para mí el tiempo en la Universidad fue uno de los más difíciles y peligrosos de mi vida. Entré con 19 años. Entonces medía seis pies y una pulgada y media; es decir, era alto, delgado, jugaba mucho básquet, hacía campo y pista, y, realmente, creo que no comía mucho. Siempre tuve apetito, pero nunca comí con exageración, algo que considero muy sano. Es el recuerdo que tengo de antes y de ahora: no me falta el apetito, sí experimento gusto por la comida, pero nunca he comido en exceso y ahora sigo estrictamente una dieta sana. Calculo que pesaría 155 libras, por ahí, entre 150 y 160. Así era yo exteriormente. Al ingresar en la Universidad era también un joven lleno de sueños y en nada conocedor de los asuntos políticos de aquel centro de estudios o del país. Mi incorpo ración a las aulas universitarias marcaría el momento en que por primera vez me inmiscuiría directamente en cuestiones políticas, y eso, aún hoy, es algo que resuena en mi memoria.

Con ese motivo, mi hermana Lidia se mudó para La Habana, alquiló una casa para que viviera con ella. Estaba en el reparto Sierra, en Marianao. Varios hermanos vivíamos allí.

La Universidad de entonces no disponía de instalaciones para becarios. Los alumnos del interior debían alquilar una habitación en una casa de huéspedes o vivir donde algún familiar. No existían alumnos internos.

Por cierto, mi hermana hizo gastos para instalarnos. De mi casa en Birán mandaban algunos recursos, cierta cantidad de dinero por los hermanos que estábamos allí. Lidia disponía también de una pensión, y con eso sostenía la casa, pero era relativamente costosa, la vida siempre fue cara.

Había matriculado en la Escuela de Derecho, cada día yo tenía que salir para la Universidad, tomar un ómnibus, a veces dos por lo menos uno siempre muy cargado de pasajeros, había que montarse corriendo y bajarse corriendo, porque los ómnibus no paraban nunca, ni un segundo, siempre iban muy llenos, luego caminaba unas cuantas cuadras. Llegaba a la Universidad temprano, antes de las 8:00 de la mañana, después comenzaban las clases. Al mediodía, tomaba otra vez un ómnibus lleno, iba hasta la casa a almorzar, después volvía por la tarde, al anochecer otra vez Estaba organizado así porque la verdad es que no tenía mucho dinero para el almuerzo en la Universidad, debía ir a almorzar a la casa.

Pero, además, cuando terminé en el Colegio de Belén, el mánager de básquet, que se llamaba Capi Campusano —él fue amigo mío, realmente me enseñó a jugar básquet, me pidió y me insistió en que siguiera con él en un club donde él era mánager, un club de burgueses y de aristócratas que contaba con un equipo de básquet, ya de categoría superior. Se llamaba Miramar no sé qué cosa, tendría que precisar, era un club donde iban socios de dinero; yo no lo era, pero si Campusano me llevaba como atleta, al integrar el equipo tenía derecho a ser miembro del club. A mí no me interesaba, pero como tenía amistad con él y me había insistido y enseñado mucho gracias a él había adquirido experiencia y prestigio jugando básquet, pues quise complacerlo, y por amistad le dije que sí, que estaba bien, que iba a seguir. Sinceramente a mí no me interesaba, digo la verdad, pero por una cuestión de amistad, me sentía comprometido; estaba agradecido con él, por las distinciones que él tenía conmigo, el aprecio que tenía por mí, la confianza de que yo fuera un buen atleta en aquel club. El compromiso venía desde que estaba en el colegio y acepté, le dije que sí, que iba a seguir. Además de los viajes, iba todas las noches allá a donde estaba el club, bastante lejos, para hacer las prácticas. Eso empezó así, casi a principio de curso, de manera que con tantas cosas tenía que coger como seis, siete  u ocho veces el ómnibus cada jornada, desde que empecé a estudiar en la Universidad.

Vi los programas, adquirí los libros, asistí a las primeras clases en la Escuela de Derecho, donde estudiaban muchos alumnos. Desde luego, apenas llegué a la Universidad, ya existían allí ciertas tendencias políticas; no pudiéramos decir propiamente grupos ideológicos, eran estudiantes universitarios que dirigían la Asociación de Estudiantes y otros aspiraban a hacerlo.

Cuando llegué a la Universidad, algunos se me acercaron, hablaron conmigo, conversaron; en aquel momento organizaban las candidaturas para los delegados por las asignaturas y los representantes del curso. En cada escuela, en cada año, primer año, segundo año, había un representante de los estudiantes por asignatura, lo llamaban delegado por tal asignatura y, además, un delegado, quien representaba a todos los estudiantes de su año.

Cuando comenzaron las clases, estaba en el deporte, y algunos estudiantes de los años superiores se acercaron a mí, y querían captarme para que estuviera en su corriente, en su grupo. Ellos ya empezaban a trabajar con los estudiantes de primer año porque las distintas fuerzas comenzaban a disputarse el primer año de la carrera. Trataron de persuadirme. Indiscutiblemente a mí me interesó tal posibilidad, cuando me hablaron de las elecciones de los estudiantes, de los delegados, de todo eso, y así di mis primeros pasos, en lo que pudiéramos llamar política estudiantil.

Era entonces un muchacho sano, salido de la escuela, destacado como atleta en el colegio durante el bachillerato y con amigos. Tenía un carácter formado, un temperamento, sobre todo, muy rebelde. No podía tener una ideología política todavía, sino opiniones, había visto en Birán lo que hacían los soldados, tuve constancia de muchos de sus abusos, me indignaba, me repugnaba la injusticia, la prepotencia de los soldados, todo aquel clima violento. Pero cuando ingresé en la Universidad, ya se había producido, hacía un año, un cambio de gobierno.

En unas elecciones generales, en junio de 1944, la oposición ganó. Era una oposición civil al gobierno de Batista, quien había ganado unas elecciones prácticamente a la fuerza, en 1940, al doctor Ramón Grau San Martín.

En la época en que Pedro Emilio aspiraba a representante y yo lo había ayudado, a la edad de 13 años, pude presenciar el fraude y la violencia electoral. Cumplí 18 años en 1944, sin terminar aún el bachillerato que exigía cinco años de estudios, es decir, un año más, pues antes eran solo cuatro.

El Partido Revolucionario Auténtico pretendía imitar y llevar el mismo título del Partido Revolucionario Cubano de José Martí que había organizado y dirigido la última guerra por la independencia, decidieron llamarlo Partido Revolucionario Cubano, pero como había tenido divisiones, este último se llamó Partido Revolucionario Cubano Auténtico, como decir, el auténtico Partido Revolucionario. Aquel era el partido de Ramón Grau San Martín, desde la oposición civil a Batista, que disponía de una coalición de partidos de derecha y hasta de izquierda porque coincidió con la Segunda Guerra Mundial y la política de Frente Amplio, en que se unieron, incluso, los partidos comunistas con los de centro y de derecha. Era la época de los frentes amplios y de las coaliciones antifascistas, y resultó que el partido de izquierda incluso el Partido Comunista integraba la alianza con el partido de derecha de Batista; porque Batista, un dictador militar y un hombre de tendencia fascista, admirador de [Benito] Mussolini y que había sido represivo, se montó en el carro de la lucha antifascista. En la medida en que Estados Unidos se alineó en contra de Alemania, de Italia y Mussolini eran los años de [Franklin Delano] Roosevelt, quien siguió una política internacional progresista: luchó contra la política aislacionista, y por colocar a Estados Unidos contra el fascismo, y como en Cuba lo que hiciera Estados Unidos era la línea para los gobiernos, Batista, un dictadorzuelo militar, un ladrón, se montó en el carro del antifascismo, a pesar de que él era de mentalidad fascista y tan o más represivo que Mussolini, aunque no tanto como [Adolfo] Hitler. En dicha ocasión, él resultó vencedor por una coalición en unas elecciones donde hubo fraude y violencia. 

El llamado Partido Revolucionario, aliado a otros, algunos de derecha, y otros de centro también, era el partido civil con más apoyo popular, pero su triunfo lo frustró en 1940, la violencia y el fraude. El origen de este partido estaba en la lucha del año 1933 contra Gerardo Machado.

Los estudiantes universitarios desempeñaron un papel destacado en la lucha contra Machado. Muchos de ellos fueron reprimidos y asesinados. Se destacaron organizaciones de izquierda y dirigentes universitarios. Por entonces sobresalió la figura de Julio Antonio Mella fundador del primer Partido Comunista de Cuba, un excelente atleta, un pensador brillante, martiano, que también había recibido una formación marxista, y la juventud estaba bajo la influencia de la Revolución de Octubre de 1917, de la gran repercusión que tuvo en el mundo, sobre todo, en los sectores obreros

Mella se unió a un veterano de nuestras luchas por la independencia, Carlos Baliño, y fundó en 1925 el Partido Comunista de Cuba. Era un joven de mucho talento, muy combativo, de gran prestigio. En la Universidad donde ingresé, se hablaba de Mella como la más destacada figura de la historia de la Universidad. Se mencionaban también otros dirigentes que habían muerto, algunos de izquierda, otros demócratas, no marxistas; todo lo cual formaba parte del martirologio universitario.

Rubén Martínez Villena, marxista también, fue uno de los destacados luchadores contra Machado. La Universidad había contado en sus aulas y luchas con jóvenes brillantes. Algunos, como Mella, murieron asesinados por Machado; otros, como Villena, un extraordinario líder político, líder comunista y organizador de la huelga que derrocó a Machado, enfermó y luchó hasta el final. Era un gran poeta, intelectual brillante, que se unió a los obreros, murió joven por enfermedad. Hubo dirigentes universitarios destacados de distintas tendencias políticas, demócratas y comunistas.

En aquella época se creó también el Directorio Estudiantil Universitario, cuya actuación como representante de los estudiantes en la lucha frente a la represión machadista fue destacada. Era una organización política más que estudiantil, creada por los estudiantes. Cerrada la Universidad por la dictadura, ante la represión, los estudiantes encabezaron luchas, huelgas, protestas callejeras, y se unieron a los obreros.

El Directorio no estaba integrado por gente de izquierda, sino por gente del centro, demócratas, nacionalistas, antimachadistas y, en cierto sentido, antiimperialistas. No era una organización marxista, propiamente de izquierda. La pudiéramos definir como una organización de estudiantes demócratas, nacionalistas, patriotas.

Las organizaciones de izquierda fueron prohibidas; bueno, en general existía una feroz represión. Todo coincidió con la gran crisis económica: mucha hambre, aumento del de sempleo, precios del azúcar muy bajos; había una gran pobreza en el país, gran sufrimiento en el pueblo. Un gobierno sangriento perseguía a los obreros, asesinaba a sus dirigentes, especialmente a los de izquierda; perseguía a periodistas, los encarcelaba, los asesinaba; también, a opositores políticos; perseguía y reprimía a estudiantes, mataba a comunistas, a líderes sindicales. Era un gobierno de brutal represión, no tan sofisticado como el ulterior gobierno de Batista o de ideología derechista como la Junta Militar de Pinochet, en Chile. Era del tipo de gobierno como el de Trujillo en Santo Domingo, de Somoza en Nicaragua.

Machado era veterano de la Guerra de Independencia, había luchado por ella, y eso le había conferido prestigio. Fue electo por un partido llamado Liberal, pero era un político caudillo, un hombre viciado que desarrollaba una política corrompida, en medio de una gran crisis económica y con el apoyo de Estados Unidos, como siempre. Todavía en dicha época existía la Enmienda Platt como cláusula constitucional, que establecía el derecho de los norteamericanos a intervenir en Cuba. Se trataba de un gobierno politiquero y corrompido, como los que Estados Unidos mantenía en el Caribe, en Centroamérica y América Latina en general. Machado fue un vulgar dictadorzuelo represivo.

Una etapa dura, muy dura para el pueblo, de mucha hambre. Mientras más protestas se desarrollaban, originadas fun damentalmente por el hambre, más represivo era el gobierno. Los obreros, los campesinos y los estudiantes desempeñaron un papel destacado en la lucha contra la dictadura.

«Asno con garras», así denominó, a Machado, Rubén Martínez Villena, el joven comunista y poeta. Tal nombre gráfico fue el calificativo que mereció aquel gobernante impopular y ladrón.

En los primeros años de gobierno hizo algunas obras: el Capitolio, tan parecido al de Washington; la Carretera Central, con la ayuda, me parece, de algunos préstamos de Estados Unidos. Ganó, incluso, alguna popularidad, hasta que la situación se tornó más crítica, empezó la oposición y, a su vez, la represión.

En 1925 alcanzó la presidencia que prorrogó a su conveniencia. Por supuesto, tuvo el apoyo de Estados Unidos, y su gobierno transcurrió en el período de la gran crisis hasta su estrepitosa caída en 1933.

Entre las fuerzas que lucharon contra dicho gobierno se encontraban los estudiantes, por su idealismo y desinterés; en una Universidad donde había gente de izquierda y de centro, algunos elementos demócratas y patriotas nacionalistas; de ahí que el Directorio adquiriera prestigio nacional entre los estudiantes.

En contacto con aquel grupo de jóvenes había algunos profesores, entre ellos, uno de Fisiología de la Universidad de La Habana, llamado Ramón Grau San Martín, de origen español. Algunos creen que no había nacido en Cuba, hijo de gente simpatizante con la causa española en la lucha por la independencia, se decía que había nacido en España, pero yo mismo no puedo asegurar si era así. Dicho profesor se expresaba con un lenguaje martiano, parece que era lector de Martí. Trataba de utilizar, incluso, el estilo y las frases de Martí, y así adquirió influencia dentro de los alumnos. Se convirtió en una especie de líder también de los estudiantes más combativos.

Machado cayó como consecuencia de una fuerte huelga general. El movimiento de los obreros, los estudiantes y las distintas fuerzas, puso en crisis total al régimen. Es decir, a la lucha de los trabajadores, de los estudiantes y de otras organizaciones nacionalistas se sumó la de sectores no de origen estudiantil, sino de clase media, como el ABC que llevó a cabo una lucha activa, con sabotajes, bombas; tales acciones, sumadas a la huelga general, crearon una fuerza de oposición generalizada, haciendo que el gobierno cayera en una crisis insoluble.

Estados Unidos todavía tenía el derecho de intervención, y como estaba Roosevelt en el gobierno y no quería hacer uso de la facultad que le daba la propia Constitución impuesta a Cuba de enviar los marines, mandó algunos barcos en una amenaza de desembarco, pero no lo decidió, sino que trató de resolver la situación mediante lo que llamaron una mediación  entre gobierno y oposición, en busca de una solución política, una transición.

Al final, Machado, como consecuencia de la crisis, de la lucha del pueblo, las presiones yanquis la presión de la mediación también determinaba y el descontento en el Ejército debido a todo el conjunto de factores, renunció y se escapó del país con su dinero, dinero robado; la misma historia de siempre.

Al producirse la caída de Machado, el pueblo se lanzó a la calle, tomó justicia por sus propias manos contra determinados esbirros, algunos criminales fueron exterminados o arrastrados, ejecutados por el pueblo. Toda aquella ira se volvió contra los personajes del régimen que no pudieron escapar como siempre, muchos escaparon, contra algunas de sus propiedades y símbolos de la tiranía. Algunas propiedades y órganos de prensa de Machado fueron incendiados. Es decir, a la caída de Machado, hubo un fulgor de libertad y conmociones sociales, originadas por la situación: la alegría del pueblo al saber de su caída y la esperanza de que el hambre porque asociaba el hambre también a Machado se pudiera resolver. Aunque el hambre era resultado de la crisis económica del capitalismo y de sus métodos de explotación, agravados por la gran crisis internacional, en una población que había crecido, en un país que no se había desarrollado. En realidad era un pueblo todavía muy ignorante, en el sentido de las verdaderas  raíces y causas de la situación que padecía.

A la caída de Machado, en agosto, se designó un gobierno provisional constituido por Carlos Manuel de Céspedes descendiente del primer jefe cubano en la lucha por la independencia en la guerra de 1868, inmortalizado en nuestra patria por sus virtudes. Pero lo ocurrido fue solo un cambio de gobierno, todo siguió igual.

Por entonces pasó un ciclón, a fines de agosto o principios de septiembre, que produjo desastres naturales, inundaciones, y mientras el gobierno recorría la zona dañada por el ciclón, de la noche a la mañana, fueron destituidos los oficiales que dirigían el Ejército, lo que conllevó al derrocamiento del gobierno que siguió al de Machado. Duró apenas unos días.

Los soldados, es decir, los sargentos, las clases y las tropas del Ejército, influidos por la lucha contra Machado y por la prédica de los estudiantes universitarios, se habían ido organizando, algunos sargentos, sobre todo. Un sargento, Pablo Rodríguez, había nucleado una organización, entre cuyos miembros estaba Batista. Pero no derrocó a Machado. Machado fue derrocado, en parte, por la lucha del pueblo y el descontento del Ejército hacia su alta oficialidad, aunque su caída no significó un cambio grande, político ni social. El Ejército siguió con la vieja oficialidad, estaba muy desprestigiado y era muy odiado por el pueblo, circunstancia que favoreció la conspiración de los sargentos. El 4 de septiembre de 1933 ocurrió la sublevación de estos contra la oficialidad cómplice del régimen de Machado. Entre los sargentos sublevados se destacó Batista que, de algún modo, desplazó al sargento que era su propio jefe; Pablo Rodríguez era el principal iniciador del movimiento.

Tras la sublevación de los sargentos, los estudiantes y el Directorio vieron en aquello una especie de movimiento social, una rebelión contra los viejos oficiales y se acercaron.

También otras organizaciones y líderes se unieron a los sargentos. Se sucedieron en pocos días varios gobiernos. Hubo una pentarquía una presidencia de cinco personalidades, entre ellas, el doctor Grau San Martín, representante de los estudiantes, el profesor a quien ellos habían escogido como líder.

Aquella pentarquía tuvo dificultades. Los barcos norteamericanos estuvieron cerca de Cuba, hubo cierta amenaza de intervención y, claro, el pueblo mantuvo una actitud de rechazo a la intervención de Estados Unidos propiciada por el embajador norteamericano Summer Welles. La pentarquía, que no funcionaba, fue sustituida por una presidencia de la cual hicieron cargo a dicho profesor universitario: Ramón Grau San Martín. Así, tal personaje fue designado presidente  provisional de la República.

Los sargentos desplazaron a todos los coroneles y a la alta oficialidad y asumieron los cargos. El nuevo gobierno les dio grado a los sargentos, tenientes, capitanes, comandantes, tenientes coroneles y coroneles. El sargento Batista resultó nombrado legalmente coronel y jefe del Ejército, cargo que ostentaba desde el golpe del 4 de septiembre. Su imagen no era mala entonces, porque representaba al jefe de los sargentos que derrocó a los altos oficiales, colaboradores de la tiranía machadista. Los estudiantes permanecieron más o menos unidos con los revolucionarios.

Tal gobierno era de civiles y revolucionarios que lucharon contra Machado. Entre ellos figuraba un dirigente revolucionario, no marxista-leninista, es decir, no era comunista, ni tampoco líder de los estudiantes porque ya se había graduado, laboraba como farmacéutico; era un hombre valiente, combativo, de ideas muy patrióticas, nacionalistas e, incuestionablemente, de izquierda y antiimperialista: Antonio Guiteras Holmes. Había sido fundador de una organización llamada Joven Cuba, una de las que lucharon contra Machado.

Katiuska Blanco. Comandante, el origen de Guiteras es muy interesante. Estuve buscando datos sobre él. Nació en 1906 en Filadelfia, Pennsylvania. Hijo de padre cubano, Calixto Guiteras, y de madre norteamericana, Marie Theresse Holmes. Aseguran que de niño escuchaba las historias familiares sobre su tío José Ramón Guiteras, quien dio su vida por la libertad de Cuba durante la Guerra de los Diez Años, y también sobre su tío abuelo John Walsh, uno de los más importantes líderes de la independencia de Irlanda. Según los recuentos biográficos, fue su padre quien le inculcó su amor a la patria y a nuestro Héroe Nacional José Martí. Su familia se trasladó a Cuba en 1913. Vivieron en Matanzas primero, y luego en Pinar del Río. Tony Guiteras admiraba a Mella y lo apoyó cuando realizó la huelga de hambre en la lucha contra Machado. Nunca olvido que después del triunfo de la Revolución, usted regresó del viaje por Estados Unidos, Canadá, Brasil, Argentina y Uruguay, precisamente un 8 de mayo, aniversario del asesinato de Guiteras. Aquel día sus palabras lo recordaron y le rindieron tributo. ¿Su ejemplo influyó en el Movimiento que usted nucleó para el asalto al Moncada?

Fidel Castro. Sí, Guiteras fue un revolucionario excepcional. Se movió por todo el país, creó una organización, realizó muchas acciones contra Machado; en aquella época consistían principalmente en sabotajes y en poner bombas; una práctica vieja, las actividades que hoy llaman terroristas. Era el único recurso del que disponían los revolucionarios.

Guiteras intentó tomar un cuartel en la provincia de Oriente, creo que, incluso, lo tomó; un pequeño cuartel, en San Luis, no lejos de Santiago, en un esfuerzo en pro del desarrollo de una lucha armada contra Machado. Es decir, Guiteras hizo algo parecido a lo que nosotros emprendimos después; él atacó un pequeño cuartel con un grupo de hombres para llevar a cabo la lucha armada. Un hombre, repito, muy valiente, demócrata, de izquierda y antiimperialista. 

En el año 1933, después del 4 de septiembre, se sucedieron varios presidentes. Eligieron finalmente a Grau como presidente; Batista, estudiantes, fuerzas democráticas revolucionarias, estaban unidos. Entonces, este gobierno de Grau, que sucedió a la pentarquía, conformó un gabinete donde designaron ministro de Gobernación a Antonio Guiteras, quien tenía mucha relevancia porque, naturalmente, en el pueblo habían adquirido prestigio todas las fuerzas y los líderes que lucharon contra Machado. Hombre firme y decidido, desafió los riesgos de intervención yanqui e impulsó una serie de medidas radicales que perjudicaron a la empresa eléctrica y otros monopolios yanquis. Aquel gobierno revolucionario introdujo medidas obreras y sociales: salario mínimo, jornada de ocho horas, toda una serie de viejas demandas que bajo la influencia de Guiteras fueron aprobadas por el gobierno provisional de Grau San Martín a fines de 1933.

Entre las medidas nacionalistas aplicaron aquella con relación al trabajo, donde se establecía que una parte de los empleados debían ser cubanos, ya que había empresas españolas y comercios en los que todos los empleados eran españoles, lo cual originó la demanda que llamaron nacionalización del trabajo. Quizás tuviera principios justos al tratar de evitar privilegios, pero el hecho fue que la ley se convirtió en una medida cruel para muchos trabajadores españoles o haitianos que no tenían otro ingreso y perdieron el empleo. Lo peor fue que  promovió la expulsión de los haitianos que desde principios del siglo xx trabajaban en nuestro país. En conjunto, muchas de las leyes de aquel gobierno fueron nacionalistas y de proyección social justa, lo cual le granjeó gran simpatía y apoyo popular, de modo especial las que afectaron a los monopolios yanquis.

Pero aquel gobierno no duró ni cuatro meses. ¿Qué hizo Estados Unidos? ¿Qué hicieron los embajadores yanquis Summer Welles y toda aquella gente? Los funcionarios norteamericanos conservaron la calma; no aconsejaron la intervención, comenzaron a influir en Batista y a trabajar con el Ejército.

Batista, un sargento ignorante convertido en coronel, con gran poder, fue asediado y envuelto por los representantes diplomáticos de Estados Unidos, porque a este país no le gustaron las leyes nacionalistas que afectaron los intereses de sus monopolios. Las leyes obreras dañaban las ganancias de los centrales norteamericanos y los intereses de sus privilegiadas empresas. Las leyes del primer período de Grau pues tuvo otro en la década de los 40, originaron apoyo popular, simpatía y, también inquietud en la oligarquía, los grandes capitalistas y los monopolios yanquis, que para no perder su estatus utilizaron un procedimiento muy sencillo, se acercaron a Batista, el nuevo caudillo, jefe de los militares, lo halagaron y estimularon las rivalidades entre los militares y el gobierno revolucionario civil. En el mes de enero de 1934 toman como pretexto los desórdenes, el caos y las huelgas, que eran resultado de las demandas de los trabajadores y del pueblo, para restablecer el orden y derrocar al profesor universitario y al gobierno revolucionario. Así veía el pueblo, a grandes rasgos, los hechos.

Fue el fin del efímero gobierno revolucionario que dictó leyes sociales y nacionalistas. Se inició la hegemonía de Batista, su dictadura. Un personaje vanidoso y tiránico que desde la jefatura del Ejército, y a través de distintos gobiernos títeres, reprimía a obreros y estudiantes, hasta aplastar el movimiento revolucionario. Logró ejercer el control militar y político desde la jefatura del Ejército. Contaba con la simpatía, la amistad y el apoyo de Washington.

La aristocracia cubana, muy orgullosa, miraba con desdén a Batista por tres razones: porque era de origen obrero en sus primeros años había trabajado en ferrocarriles, era de origen humilde tenía cierta composición mestiza y, además, se trataba de un sargento ignorante. Es decir, todas las cosas buenas por las que hubiera podido ser apreciado, no lo favorecían, ninguna de las características por las que debía legítimamente ser estimado, le permitía serlo por aquella aristocracia; posiblemente tampoco por los norteamericanos, aunque a Estados Unidos, más que el color de la piel, le interesaba que respondiera a sus intereses. Pero Batista era el jefe del Ejército, ignorante, ambicioso, pícaro, vivo, astuto, sobre todo, lleno de ambiciones de poder y de riquezas.

Todo lo que Batista tuvo de pobre en su tiempo, o todo lo que podía tener de mestizo, no le sirvió para luchar contra la pobreza o para experimentar solidaridad hacia los pobres y luchar contra la discriminación racial; nunca la combatió, sino que eso estimuló sus ansias de poder, de riqueza y de ascensión social.

No se consideró jamás mestizo, sino blanco. Utilizaba con mucha demagogia su origen obrero en la juventud, su procedencia humilde, su condición de soldado, sargento, para exaltarse ante las masas, pero no adoptó ninguna medida contra la explotación de los trabajadores ni hizo nada contra la discriminación racial en el país.

Los norteamericanos se dieron cuenta rápido de su psicología, de sus ambiciones y las estimularon hasta que lo tuvieron de jefe del país, a través de la jefatura del Ejército y sus grados de coronel.

Él se hizo coronel, otros muchos sargentos se nombraron coroneles, comandantes, capitanes, tenientes y subtenientes. Batista realizó un gran reparto de grados, en virtud del cual muchos soldados ascendieron a sargentos, subtenientes, tenientes y, en definitiva, todos los sargentos ascendieron a oficiales.

Katiuska Blanco. Me estoy acordando de la historia de Raúl, cuando, a cocotazos, el maestro le hizo aprender de memoria los versitos que debía recitar frente a Batista, para que este ascendiera a sargento al profesor de la escuelita cívico-mili tar de Birán Uno.

Fidel Castro. Fue precisamente en los años 30 que tuvo lugar un proceso para ascender a numerosos soldados. Eso le confirió a Batista una gran influencia, un gran poder sobre el Ejército; utilizó tal medida en su provecho. El gobierno de facto duró más de seis años. Batista se hizo jefe del golpe de Estado en 1933, pero entre septiembre de 1933 y enero de 1934 compartió el poder con los civiles. Luego, a partir de 1934 se hizo jefe absoluto del país, y más adelante gobernó a través de administraciones títeres y represión. En tal período se acrecentaron las luchas estudiantiles, de los trabajadores y de los viejos revolucionarios antimachadistas. Algunos, los de derecha, se sumaron a Batista; otros lucharon, fueron reprimidos, asesinados. Tuvieron lugar huelgas, grandes huelgas, refrenadas de forma sangrienta. Así, Batista se mantuvo como jefe de facto hasta 1940, con su mentalidad fascistoide, en la etapa previa a la Segunda Guerra Mundial.

Cuando se aproxima la Segunda Guerra Mundial y Estados Unidos se alinea contra Alemania e Italia, Batista resultó ser más demócrata que nadie, luchador antifascista, aliado a Estados Unidos.

Katiuska Blanco. Es contradictorio, ¿verdad? Un siniestro hombre de derecha cuyo gobierno asume en las relaciones internacionales una política positiva, solo lo explica la demagogia de su propio ser. 

Fidel Castro. Eso tiene su explicación lógica. Lo que hiciera Estados Unidos era ley para Batista. Claro, se hizo un intento de institucionalizar su poder porque, en la lucha contra el fascismo, se hablaba cada vez más de democracia. Así surgió un proceso que arribó a una Asamblea Constituyente, aprobada en 1940.

Ya había trascurrido la etapa de la represión. Todos los partidos fueron legalizados, entre ellos, el Partido Comunista. Se eligieron los delegados y se elaboró una constitución bastante avanzada, podríamos decir progresista, en la que se podía apreciar en muchas de sus disposiciones la lucha de las fuerzas progresistas y la influencia del Partido Comunista. Varios de sus delegados, personalidades prestigiosas, destacadas, lucharon por otorgarle a dicha constitución un contenido social.

Era una constitución burguesa, capitalista, pero admitía el sentido de la función social de la propiedad, la idea de la reforma agraria y una serie de leyes complementarias, la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, el voto. Aquella constitución recogía conquistas sociales del año 1933 y nuevas aspiraciones, incluidas gracias a la influencia de los demócratas y los comunistas en algunos de sus preceptos. Téngase en cuenta que la Segunda Guerra Mundial había estallado.

La guerra de 1939 contra el fascismo, la lucha contra el fascismo, incluso, en aquellos países que no intervinieron di rectamente en la guerra, crearon condiciones propicias para la elaboración de una constitución más democrática, porque se trataba de la democracia contra el fascismo. Era la época del Frente Amplio Antifascista, que se propugnó en una etapa que precedió a la guerra, y así, tanto partidos de izquierda como el propio Partido Comunista resultaron miembros de un Frente donde figuraban partidos de derecha y el partido represivo y corrompido de Batista. Crearon la coalición democrática progresista con presencia de todos esos partidos, incluso el Partido Comunista en virtud de la famosa alianza antifascista que generó confusión y antipatía en una parte sana de la población.

Yo tenía 13 años. Sabía muy poco de política, pero fui testigo presencial del gran fraude y la violencia ejercida durante las elecciones generales en que ganó Batista.

En los cinco años siguientes cursé todo el bachillerato: dos en Santiago de Cuba y tres en La Habana. Durante casi todo el período de Batista como presidente, y un año del gobierno de Grau, estuve en el colegio de los jesuitas en La Habana.

Cuando correspondían otra vez las elecciones en 1944, un año antes de acabarse la guerra, el mundo estaba saturado de propaganda democrática y de campaña contra la dictadura, el fascismo, la represión. Los derechos humanos se convirtieron en algo sagrado, y Batista, que estuvo 11 años gobernando, para entonces era presidente de un gobierno constitucional o go bierno legal y, además, caudillo del Ejército. La coalición de Batista no lo postuló, presentó a otro candidato de acuerdo con la ley constitucional porque Batista no podía reelegirse. Batista calculó que iba a ganar grandes laureles de hombre democrático porque se iba a designar otro candidato de su coalición, hombre, por supuesto, de toda su confianza, y él quedaría como el caudillo del Ejército, el poder detrás del trono.

Pero, ¿qué ocurrió? En 1944, Grau San Martín, postulado otra vez por el Partido Revolucionario Cubano Auténtico, ganó las elecciones y Batista se vio ante una alternativa: dar un golpe o retirarse. El ambiente nacional e internacional no eran propicios para dar un golpe y aceptó la victoria de Grau, aunque continuaba siendo el caudillo espiritual del Ejército. Se retiró de Cuba después de que Grau tomó posesión la toma de posesión fue el 10 de octubre, aunque las elecciones habían sido en junio. Mi último año en el Colegio de Belén coincidió con el primer año del gobierno de Grau.

Batista se pasó 11 años robando y abandonó la presidencia como uno de los personajes más ricos en la historia de Cuba. Cuando el dólar tenía mucho más valor que hoy, cuando existía gran escasez de bienes y alimentos, gran destrucción y pobreza en el mundo, Batista se marchó del país con una fortuna de decenas de millones de dólares, se radicó en Estados Unidos, fue allí a perfeccionar su inglés. Anteriormente había visita do Estados Unidos y pronunciado un discurso ante la Cámara de ese país, nada menos que en inglés. Batista no sabía hablar muy bien el español, ni siquiera pronunciarlo bien, sin embargo, dio un discurso en inglés, en una visita oficial que hizo a Washington. En 1944, cuando perdió las elecciones, se marchó a Estados Unidos como gran señor, gran millonario, gran demócrata que se pliega a la voluntad popular. Se fue a vivir en Daytona Beach, donde prosiguió sus estudios de inglés y sus conocimientos superficiales de otras materias. La idea de Batista era estar un tiempo allá.

Katiuska Blanco. Y al año siguiente usted ingresa a la Universidad, a la modernidad, como diría Retamar

Fidel Castro. Cuando ingresé en la Universidad, en septiembre de 1945, llegué a la institución que había luchado contra Machado, centro de tradiciones patrióticas, a la Universidad de [Julio Antonio] Mella, [Rubén Martínez] Villena, [Rafael] Trejo, la Universidad del Directorio Estudiantil. Se habían ganado glorias en aquella lucha. La Universidad y los estudiantes habían apoyado a Grau, y me sentía contento de que el profesor revolucionario hubiera ganado, porque su victoria fue la derrota del gobierno militar, la de Batista; y yo, realmente, veía el hecho con simpatía y alegría. Allá en Birán recuerdo aquel verano cuando fui, al terminar el bachillerato, la gente, es decir, los campesinos y trabajadores, estaban muy felices, muy contentos, porque pertenecían al partido de Grau  o simpatizaban con este. Presencié la alegría popular, aunque yo no estaba vinculado a la política, estudiaba interno en el colegio de los jesuitas finalizando el cuarto año de bachillerato, cuando se produjeron todos aquellos fenómenos.

Escuché por radio algunos discursos de Grau. Decía una serie de cosas que nadie entendía, creaba una serie de palabras, parecía un personaje celestial, y hablaba un lenguaje de los dioses que los humanos no podíamos entender: «Porque el autenticismo es la cubanidad, la cubanidad es amor...». Después lo analicé y me di cuenta de que Grau trataba de imitar el estilo martiano. Martí tiene una oratoria muy compleja, muy elegante, con imágenes verdaderamente bellas, pero no es fácil comprender sus discursos. Como he dicho otras veces: Martí vertía una catarata de ideas en un pequeño arroyo de palabras. Es decir, eran tantas las ideas de Martí en un discurso, que no cabían en sus palabras. Pronunciaba frases muy bellas, grandes imágenes; ،grandes, conceptuosas y profundas ideas!, unas detrás de otras, como en una catarata. Su estilo es inimitable, no he vuelto a conocer a nadie que fuera capaz de decir tantas cosas en tan pocas palabras.

Katiuska Blanco. José Martí era un excepcional sintetizador. Cuando escribía una cuartilla era porque su erudición alcanzaba a redactar sobre el tema 100 o 1000 páginas y, entonces, él condensaba todo su saber y nos lo entregaba en un párrafo largo, maravilloso por su intensidad, lo cual ratifica esa visión  suya sobre las obras y discursos del Apóstol: la avalancha de ideas en un pequeño arroyo de palabras, propia de su escritura y oratoria.

Fidel Castro. Una cascada de ideas sugeridas, imágenes, una detrás de otra. Tal es la característica de la oratoria de Martí que siempre me agradó, la admiré, me gustó mucho, y creo que es inimitable. Es un estilo muy propio de él.

El profesor del que te hablaba antes, sabría de Fisiología, pero hablaba posiblemente de memoria, porque readaptó por mimetismo el estilo; pero mientras lo de Martí era una catarata de ideas en algunas palabras, más tarde se comprendió que lo de este profesor era una catarata de palabras sin idea alguna. No pocos estaban maravillados por el prestigio del profesor, su fama, las leyes que decretó las leyes de Guiteras, pero el pueblo no conocía quién era el profesor: al parecer, un Mesías, un profeta, cuyo lenguaje, martiano y bíblico, que ni siquiera éramos capaces de entender los humanos, y lo escuchábamos por radio con la boca abierta. Aquel señor asumió la presidencia de la República a fines del año 1944, Ramón Grau San Martín.

Esto fue condicionando la atmósfera, el ambiente que encontré cuando llegué a la Universidad.

En 1945 ingresé en el centro superior de estudios que había luchado contra Machado, contra Batista, una Universidad en su mayor parte grausista. 

Muchos antiguos líderes estudiantiles, que lucharon contra Machado y contra Batista, eran ministros, senadores, representantes, ocupaban cargos importantes. Pero los mejores luchadores entre la gente del período de 1933 a 1944 se habían ido apartando de la política.

Katiuska Blanco. Usted habla de luchadores valiosos como Raúl Roa García, ¿no?

Fidel Castro. Sí, uno de ellos era Raúl Roa.

Cuando aquel Directorio se integró en un partido político, en el partido de Grau, que se dedicó a la política y a todas sus actividades la política tradicional, electoralista y sin principio, muchos de los mejores revolucionarios se apartaron, otros siguieron porque pudieron adaptarse a la política; y alguna gente también sana, antimachadista, demócrata y antibatistiana, continuó en dicho partido. De manera que, cuando triunfó, había de todo: gente oportunista, revolucionarios corrompidos de distinta forma en la política y, también, personas valiosas, sanas. No precisamente gente de izquierda, aunque los había de izquierda, sino demócratas, muy opuestos a la represión, a la tiranía, a la corrupción que soportó el país durante los 11 años del gobierno de Batista. Así, gente valiosa, líderes políticos, profesores universitarios prestigiosos, algunos de los cuales pasaron entonces a la oposición a Grau y, posteriormente, una parte de ellos se integró a la Revolución. Junto a la Revolución tuvimos gente valiosa que, en 1944, estaban en el partido de Grau.

Cuando llegué a la Universidad había transcurrido un año de gobierno de Grau San Martín; la Universidad estaba controlada por sus partidarios. Aún simpatizaba con Grau, porque el suyo era un triunfo antimilitarista, un triunfo contra la tiranía, contra la dictadura de Batista. Participé de la alegría igual que compartió gran parte del pueblo; no tenía entonces una conciencia política ni una ideología revolucionaria, pero participaba con el pueblo del triunfo de los civiles contra los militares, la dictadura y la corrupción.

En el país no pasaba nada porque los cambios de gobierno no significaban ningún tipo de cambio social. Al final, era un cambio de personaje y, a decir verdad, el cambio de unos ladrones por otros. Yo ni me di cuenta de aquello, seguí el quinto curso de bachillerato, me gradué, pero cuando llegué a la Universidad me dije: es la Universidad de los estudiantes que lucharon contra Machado y Batista, la de largas tradiciones de lucha desde Mella, Villena y otros, con una gran sala de mártires, de héroes. El martirologio estudiantil venía desde el siglo xix, 1871, cuando el 27 de noviembre de aquel año fueron fusilados por los españoles los ocho estudiantes de Medicina, cuyo delito había sido según los españoles ultrajar la tumba de un político español muy adicto a España y caracterizado por su odio contra Cuba. Como debes saber, en el año 1871, hacía ya tres años que se había iniciado la Guerra de Independencia y existía un gran odio contra los cubanos por parte de la milicia española. Los voluntarios españoles sentían mucho odio. Alguien acusó a un grupo de estudiantes de haber profanado la tumba de Gonzalo de Castañón, periodista, intransigente defensor del gobierno español e ídolo del colonialismo. Con motivo de aquella acusación, las turbas españolas integradas por voluntarios armados que luchaban por defender la colonia frente a los patriotas cubanos exigieron un castigo ejemplar a los estudiantes. Como consecuencia, ocho estudiantes fueron juzgados en consejo de guerra y condenados a la pena de muerte. Fue un crimen espantoso. Lo hicieron por satisfacer a las turbas de voluntarios armados, por un supuesto delito de haber ofendido la memoria de aquel defensor de la metrópoli. Martí habló mucho de ello, y nosotros, los alumnos universitarios, oíamos hablar de la historia de los estudiantes fusilados por los españoles. Todo eso contribuyó a crear la tradición y el martirologio de los estudiantes de la Universidad.

Katiuska Blanco. Comandante, Martí recibió la noticia de los fusilamientos mientras estaba en España, y no sabía si su entrañable amigo Fermín Valdés Domínguez, alumno de aquel mismo curso, se encontraba entre los jóvenes fusilados. Fue para él una gran conmoción, incluso enfermó. En el primer aniversario del crimen escribió aquellos versos estremecedores:

،Cadáveres amados los que un día/ Ensueños fuisteis de  la patria mía,/ ،Arrojad, arrojad sobre mi frente/ Polvo de vuestros huesos carcomidos!/ ،Tocad mi corazón con vuestras manos!/ ،Gemid a mis oídos!/ ،Cada uno ha de ser de mis gemidos/ Lágrimas de uno más de los tiranos!/ ،Andad a mi redor; vagad, en tanto/ Que mi ser vuestro espíritu recibe,/ Y dadme de las tumbas el espanto,/ Que es poco ya para llorar el llanto/ Cuando en infame esclavitud se vive!

Creo que usted lo recuerda porque pocas veces a lo largo de la historia se ha escrito de manera tan desgarradora y recia al mismo tiempo, prueba irrefutable del dolor inmenso. Evoco ahora una frase suya: «Cuando un pueblo enérgico y viril llora, la injusticia tiembla».

Fidel Castro. Fue un crimen horrendo, inolvidable. Como aquellos estudiantes eran de la Escuela de Medicina de la Universidad de La Habana, la Universidad a la que yo ingresé era heredera de las tradiciones, de los mártires del año 1871, de los luchadores por la independencia, de los luchadores por la democracia, los luchadores contra Machado y Batista y los luchadores por el pueblo. Tenía una gran tradición la Universidad, una larga y rica historia; y, desde luego, todo eso me impresionó en gran medida. La entrada en aquel santuario con una historia sagrada de luchas influyó en mí. Me impregné del prestigio histórico de esa institución.

Me agradaba toda la historia de la Universidad. Desde que por primera vez me pidieron que realizara algunas actividades  en ese marco, tuve la impresión de que iba a ingresar en una colectividad con mucho prestigio, con mucha historia, y que los estudiantes habían jugado un papel muy digno, muy destacado; eran los guardianes de los derechos del pueblo, de la democracia y la libertad. Me sentí también como una especie de candidato a formar parte de aquellas tradiciones y glorias, y guardián también de los valores de la Universidad.

Probablemente me sentí halagado de que se fijaran en mí, de que solicitaran mi colaboración, que me trataran de promover porque podían haber observado algunas cualidades políticas, y así es como me vinculé a uno de los grupos de gente sana. Si bien ellos estaban imbuidos de aquellas mismas ideas y de aquellos valores, no tenían ninguna ideología política, ninguna ideología social, revolucionaria. Es lo que puedo decir de los amigos de segundo y tercer año; muchachos simpáticos que se acercaron a mí y trataron de captarme.

Recuerdo a varios de ellos: Zaldívar, de Banes; a Raúl Granados, de Villa Clara. Fueron los dos primeros que se relacionaron conmigo; después pude saber cómo eran, no eran gente mala, eran gente común y corriente de aquella época.

A pesar de las tradiciones de lucha, la Universidad había cambiado considerablemente. Desde los años de Mella, de Villena y de jóvenes como Pablo de la Torriente Brau, de aquella Universidad que luchó contra Machado y contra Batista, esta había cambiado bastante. 

En primer lugar, por una razón o por otra, en mi opinión es muy personal, no estoy seguro de que sea la opinión que puedan tener otros, la impresión que tuve fue que el hecho de que el Partido Comunista formara parte de la coalición de Batista en 1940 y 1944, y teniendo en cuenta que su gobierno fue despótico, corrompido y represivo, lo aisló bastante de muchos jóvenes. Además, los estudiantes estaban contra Batista, por regla general simpatizaban con Grau.

Entre los trabajadores en el campo y en los centrales azucareros se hablaba mucho de Grau, por las leyes sociales aprobadas en 1933 durante su gobierno: la jornada de ocho horas, la legalización de los sindicatos, toda una serie de demandas históricas que eran fruto de las luchas de Villena, aprobadas en el gobierno de Grau y Guiteras, quien fue su impulsor. Mucha gente del pueblo, trabajadores y obreros, apoyaban a Grau.

Se daba una situación paradójica. El Partido Comunista tenía mucha influencia entre los obreros porque durante toda su existencia luchó por sus demandas y derechos. Del seno del movimiento obrero surgieron valiosos líderes comunistas: Lázaro Peña, Jesús Menéndez. Es decir, los principales líderes obreros eran comunistas y lucharon incansablemente en todo aquel período de los frentes amplios y de la coalición con el partido de Batista por los derechos de los trabajadores, en un gobierno corrompido y burgués. Se puede decir que, al concebir la constitución, lucharon por los derechos de los obreros y otros preceptos constitucionales como la reforma agraria, que quedaron en el papel. Lucharon por una constitución más progresista. No fallaron nunca en su lucha por los derechos de los trabajadores, y siempre contaron con respaldo y prestigio entre ellos. Pero se producía una paradoja: aunque luchaban por los obreros, debido a compromisos y alianzas internacionales, estaban políticamente en alianza con un gobierno burgués represivo, corrompido.

Los comunistas se mantuvieron limpios y honestos toda su vida; aunque diría que dicha alianza con Batista, durante un período histórico de tiempo los divorció, en cierta medida, del pueblo y alimentó las prédicas anticomunistas, aunque el Partido Comunista tuvo arraigo entre los obreros. Los distanció de una parte del pueblo capaz de reconocer la honestidad, la abnegación y el espíritu de sacrificio de los comunistas, pero sin aceptar, sin conciliar la alianza con Batista.

Tal proceso contribuyó a la derechización del pensamiento político en general de los estudiantes y de las fuerzas democráticas que integraban el partido de Grau San Martín.

La Universidad en la que entré, reitero, ya no era la de los últimos años de la década de los 20, de la época de Mella o de los años 30; no era la Universidad antiimperialista de la lucha contra Machado y contra Batista. Era una Universidad donde los comunistas tenían muy poca influencia porque habían sido derrotados junto con el partido de Batista en las elecciones de 1944. Existían unos pocos comunistas a los que ni siquiera conocía, porque entonces, no estaba imbuido de estas cuestiones sociales, ideológicas. Llegué a una Universidad que no contaba con el espíritu antiimperialista de otros tiempos, que se había debilitado. Era una Universidad burguesa y de pequeñoburgueses, con muy pocos jóvenes procedentes de las familias trabajadoras.

No era necesario pagar nada, solo una pequeña cantidad por la matrícula, pero para ingresar allí era indispensable ser bachiller, y serlo constituía un privilegio de muy poca gente: procedían de familias burguesas, terratenientes, capas medias y, raramente, alguien de origen humilde. Si hubiera sido hijo de cualquiera de los campesinos o trabajadores de Birán, jamás habría podido estudiar el bachillerato; pude lograrlo por ser hijo de terrateniente. Pocos se hacían bachilleres y llegaban a la Universidad, y solo existía una en todo el país. Además, las escuelas de bachillerato radicaban solamente en las capitales de provincia y en algunas ciudades, la mayoría de la población vivía en el interior del país; luego, gran parte de los habitantes de Cuba no tenían posibilidades, y de los que vivían en las ciudades, muy pocos podían darse el lujo de ser bachilleres porque desde los 10, 12, 13 años tenían que trabajar para ayudar a los padres. Si no era hijo de comerciante o de terrateniente o de médico o de un profesional destacado, no podía ir a estudiar a una escuela para cursar bachillerato. Nunca un campesino, y  rara vez un hijo de obrero, llegaba a la Universidad.

En la época anterior, de Machado y Batista, los elementos pequeño burgueses habían tenido un papel activo, unidos a los obreros. Cuando llegué a la Universidad encontré, en general, gente descendiente de burgueses, terratenientes, comerciantes, pequeñoburgueses, capas medias; no era una Universidad de trabajadores. Y después de toda la compleja situación internacional, después de 11 años de régimen de Batista, en los que el Partido Comunista había estado aliado con el partido de gobierno, allí no había ninguna simpatía por el comunismo, ،aunque tampoco había antipatía! Quiero decir, comunistas habría, que yo recuerde, quizás, de 40 a 50 alumnos, en una Universidad de 15 000 estudiantes. Quizás entre comunistas y antiimperialistas habría unos 40 o 50; casi todos, claro está, se unieron después a la Revolución. Entre comunistas y antiimperialistas conscientes habría solo algunas decenas de estudiantes. No existía tampoco un pensamiento político de izquierda, todo giraba en torno al gobierno: cómo lo estaba haciendo, si lo estaba haciendo bien o mal. Pero en aquel año que ingresé en la Universidad, ya iban surgiendo problemas graves.

En un año, el gobierno de Grau había perdido bastante prestigio. Se instauró un nepotismo tremendo. Paulina Alsina, la cuñada de Grau, viuda del hermano, se convirtió en primera dama. Grau era soltero, con 55 años, y esta señora advino como primera dama con una enorme influencia. Inclu so, mucha gente le atribuía un peso decisivo en lo que hacía el presidente. De modo que desde el primer momento se fue produciendo una profunda decepción. La gente tenía grandes esperanzas, como suele ocurrir en situaciones similares, pero no hubo ningún cambio. Los líderes de aquel partido político que llegó al gobierno, el profesor universitario y sus ministros con unas cuantas excepciones, ya se habían corrompido políticamente a lo largo de aquellos 11 años, desde sus gloriosos tiempos de luchadores contra Batista, estaban en el gobierno, ostentaban cargos; se desató una corrupción increíble y comenzaron a hacer negocios de todas clases. Era la época de finales de la guerra y existía gran escasez de algunos productos como el arroz, el jabón, la manteca, productos provenientes de Estados Unidos, como neumáticos. Muchos de los corruptos se involucraron en negocios y especulaciones de toda clase con los productos de primera necesidad. Comenzaron a ganar dinero de forma ilícita; a robar de todas las formas posibles, y ya

en el primer año había mucha crítica, muchas protestas, mucha decepción, desilusión en las masas de la población, crítica en la prensa, en la radio. Una prensa también corrompida, que a veces criticaba para que le dieran dinero, y si no le daban, denunciaba. Pero dentro de tal juego, no había tenido lugar cambio alguno.

Todo el mundo anticipaba que el triunfo de Grau iba a ser la gran panacea, el remedio a los problemas del país, pero no fue así, a pesar de que coincidió con un momento económico bueno, puesto que como consecuencia de la guerra los precios del azúcar aumentaron, no hubo limitaciones a la producción azucarera porque Estados Unidos necesitaba toda esa azúcar. Filipinas estaba ocupada por los japoneses, y Europa por los alemanes. Durante toda la guerra, la única azúcar que recibía Estados Unidos era fundamentalmente de Cuba, entonces se dio una gran noticia: «Producción ilimitada de azúcar», todos los agricultores podían sembrar la caña que quisieran. «Elevados precios de azúcar», volvía la Danza de los Millones, como decíamos aquí, el dinero, los dólares abundaban por todas partes, casi circulaban exactamente igual que el dinero cubano. Recuerdo que en mi casa circulaban los dólares. Cuando yo estaba en el colegio, en mi casa lo mismo me daban pesos cubanos que dólares norteamericanos, dólares verdes, de los cuales le había pedido a Roosevelt un ejemplar. Por dondequiera andaban los dólares. Aunque las cosas se encarecieron y los precios aumentaban, existía la ilusión de la abundancia.

Corrupción, robo, todo aquello coincidió cuando ingresé en la Universidad, aunque la toma de conciencia no había cristalizado todavía; se percibió, sin embargo, que elementos vinculados al Partido Auténtico de Grau controlaban la Universidad. Cuando llegué a tal atmósfera, no podría decir que había tomado conciencia de todo, solo sabía que la Universidad era guardiana de los más sagrados intereses del país y que algunas cosas no andaban muy bien. No era que la gente fuera batistiana, no se trataba de empezar a criticar a Grau para elogiar a Batista, sino una crítica a un gobierno que no resolvía los problemas padecidos largo tiempo por el país.

Importantes dirigentes estudiantiles ostentaban cargos en el gobierno, recibían ingresos, prebendas; incluso, ocupaban algunos puestos que no desempeñaban, o algunos cargos importantes en el Estado y controlaban la Federación Estudiantil Universitaria. Podríamos decir que la lucha comenzó entre partidarios del gobierno y gente que empezaba a criticarlo. Críticos no porque fueran enemigos de aquel partido, sino inconformes con lo que estaba ocurriendo. Se puede afirmar que la lucha era entre personas importantes que no hacían críticas al gobierno y estudiantes que sí las hacían.

Cuando ingresé en la primera fase estuve observando todo y me topé con otro fenómeno en la Universidad: las organizaciones seudorrevolucionarias que se hacían llamar revolucionarias en todo el ambiente nacional.

Todo el que había luchado contra Machado o contra Batista era un revolucionario. Muchos hombres fueron mártires, otros eran compañeros de los que murieron o estuvieron presos por luchar contra Batista, habían puesto bombas, realizado sabotajes y luchado tenazmente. Observé que existía culto a todos aquellos luchadores que habían sido perseguidos, presos, exiliados, durante ambas dictaduras. Aunque mucha de aquella gente, si alguna vez tuvo algo de revolucionaria, realmente ya no lo tenía. Pero cuando nosotros llegamos a la Universidad, los cintillos de los periódicos destacaban a la organización revolucionaria tal, la otra, la otra; ،el non plus ultra!

En el ambiente universitario había que inclinarse, hablar con respeto. Existían nombres que debían pronunciarse con veneración, como los héroes de la lucha contra Machado y Batista. Era una institución heredera de las tradiciones, de las luchas heroicas desde la época de los españoles hasta ese momento. Oí y me influyó todo eso, el personaje tal, el otro. No me encontraba todavía en condiciones de juzgar nada. Pero en mis actividades me encontraba limitado a un círculo de la Universidad, de la Escuela de Derecho, donde entré a conocer a mucha gente, muchachos y muchachas de todas las procedencias, de todas las escuelas, hasta que inicié allí mis actividades políticas.

Fue en el primer año, en el primer trimestre, diría casi que en el primer mes. Al comienzo no asistí algunos días, porque entonces tenían lugar las novatadas, y para mí representaban una humillación, no me resignaba a la idea de someterme a una situación donde a los nuevos estudiantes los pelaban al rape, los teñían, los amarraban, los pintorreteaban, y así circulaban por las calles, toda una serie de groserías que en tiempos de revolución no se hacen. Constituían una humillación tremen da para el joven, y con algunos se ensañaban. Recuerdo que pensar en que iba a soportar todo aquello me causaba malestar, no me resignaba, y una de las cosas que hice fue no asistir los primeros días. Incluso, me pelé corto, lo más corto posible; creo que desde entonces me pelo corto.

El hecho es que aunque tardé en incorporarme unos días, cuando fui, algunos amenazaron e insinuaron, pero parece que no se decidieron a aplicarme la novatada. Y la concesión que hice fue pelarme corto, nada más.

Desde el primer mes lograron interesarme por las actividades. Cuando me propusieron como candidato por una asignatura elegí Antropología Jurídica, por ser la que originaba más trabajo, además, casi siempre los que la escogían después dirigían el curso, era una especie de asignatura insignia. No recuerdo si me escogieron o yo mismo decidí que iba a escogerla. ¿Por qué aquella asignatura tenía importancia? La tenía por dos cosas: debían realizarse prácticas de laboratorio, y le permitían al estudiante trabajar y ayudar a los condiscípulos en dicha materia. El profesor de Antropología era un hombre bonachón, no obstaculizaba nuestras actividades en favor de los alumnos.

Katiuska Blanco. El profesor se llamaba René Herrera Fritot, e impartía los cursos de Antropología Jurídica en la Universidad de La Habana. Usted integró el patronato del grupo Guamá desde el 4 de febrero de 1946. La Oficina de Asuntos Históri cos guarda fragmentos de un diario del profesor. Varias veces lo menciona a usted en sus apuntes. El 18 de febrero de 1946 anota: «Di clase práctica de A. 2.da a 11 alumnos. Me ayudó F. Castro (Delegado del curso)».

Fidel Castro. Una de las formas tradicionales en la Universidad para obtener apoyo de los estudiantes era ayudarles a resolver los problemas, defenderlos, como en un sindicato, frente a exámenes fuertes o para mejorar una nota: si les faltaban cinco puntos, propiciar que consiguieran alcanzarlos. Es decir, uno de los factores con que los líderes estudiantiles lograban su ascendencia entre los estudiantes era ayudándolos en las relaciones con los profesores.

Creo que empecé a distinguirme de los demás dirigentes de la Escuela de Derecho porque me puse a trabajar en serio; nunca me pasó ni siquiera por la mente que me fueran a dar una nota o que fuera a hacer gestiones para que a un alumno que no estudiara le dieran una nota inmerecida. No se trataba de que ejerciera influencia sobre el profesor, sino que empecé a ayudar a los estudiantes en cuestiones prácticas relacionadas con los estudios; gestioné que se imprimieran las conferencias de las distintas materias y comencé a informar a los estudiantes cuándo eran las prácticas en los laboratorios, qué día, a qué hora. Como dichas prácticas eran obligatorias no era obligatoria la asistencia a clases, pero sí a las prácticas, muchos estudiantes no iban a clases porque tenían que traba jar o estaban en otras actividades, y no tenían información. Lo primero que hice fue reunir las direcciones de todos los estudiantes, y lo segundo, avisarles cuándo eran las prácticas, qué materias se estaban explicando, qué partes de los textos iban a examen y cuáles no. Era un servicio útil para todos los estudiantes que no iban a la Universidad, y así los ayudaba a resolver muchas cosas desde el punto de vista práctico. No tenía ninguna influencia sobre los profesores, era nuevo, y empecé a trabajar sistemáticamente en una serie de actividades relacionadas con tal asignatura y con otras, que podían ayudar al estudiante, a los que asistían y a los que no.

Mis primeras actividades fueron de tal tipo, no era un programa de reformas universitarias ni un programa político. Realizaba una serie de servicios útiles a los estudiantes. No les decía: «Voten por mí». Desarrollé relaciones de amistad personal prácticamente con todos los alumnos, conversaba con ellos de cualquier tema. Casi desde entonces empecé a no asistir a clases, porque el tiempo no me alcanzaba para avisarle a la gente, visitarla, enviar tarjetas, avisos, llamar por teléfono. Desarrollé muchas actividades en aquel período de campaña electoral, pudiéramos decir que las que hacía eran más intensas que las tradicionales en Estados Unidos, donde le dan la mano a todo el mundo a la salida de un subway, de una fábrica. Como, en definitiva, tenía 19 años y una gran energía, me dediqué febrilmente a hacer mi campaña y a prestar los  servicios, a verlos, buscarlos, avisarles de cada cosa de manera sistemática, hablar y desarrollar amistad con todos los estudiantes universitarios.

Relativamente pronto me convertí en el más importante, en el centro del grupo, es decir, empecé a ser el individuo que se ocupaba y tomaba en serio lo que estaba haciendo. Los demás empezaron a comprender, los que estaban en cursos superiores comenzaron a observar mi trabajo, mis relaciones, mi creciente influencia y prestigio entre los estudiantes. Empezó todo el mundo a observarme. Pero ya desde los primeros momentos yo era, pudiéramos decir, el líder del primer año.

En tal período estudiaba muy poco o nada y hacía lo mismo que cuando estaba en el bachillerato: estudiaba por mí mismo, con los libros y conferencias impresas, no asistía a clases. Ahora no estaba obligado como en el bachillerato a asistir a clases, y me alegro de no haber ido, ،me alegro de no haber ido a clases!, porque realmente habría perdido mi tiempo. En verdad, algunos de los profesores eran mediocres, no podían despertar el interés de alguien, no me iban a decir nada interesante que no estuviera en los libros de textos o en las conferencias impresas. Lo correcto es que un estudiante asista a clases, pero no sentí ningún atractivo por ellas, no me iban a decir nada nuevo en tales conferencias, y tenía que dedicarme a mis obligaciones, a las divulgaciones y tareas a las cuales me había comprometido. Ya yo había tomado en serio todo aquello. Los exámenes eran cada seis meses o a fin de año, y a los dirigentes les regalaban la nota, muchas veces se la daban sin estudiar. Por la cabeza no me pasó jamás que me fueran a regalar la nota alguna vez ni que yo aceptara que me la regalaran, porque ya en el bachillerato saqué excelentes calificaciones, y muchas veces mejores notas que las de quienes atendían la clase y eran los primeros expedientes de la escuela.

Por aquella época, iba y venía, ¿pero qué me ocurrió? Como había iniciado actividades universitarias de tipo político y estaba comprometido a practicar deporte en un club aristocrático, en las competencias iba a ser rival de la propia Universidad. Los dirigentes deportivos y las autoridades deportivas de la Universidad querían que yo también integrara el equipo universitario, que competía con los otros clubes y tenían rivalidades históricas.

Yo había seguido en el equipo del Yacht club con mi instructor, el mánager conocido del bachillerato, por consideración personal hacia él. Por otra parte, en la Universidad me fui entusiasmando por las cosas que hacían y me interesé lógicamente por ellas. Así transcurrieron varias semanas, ya había intereses entre los que estaban disputándose el control de la FEU [Federación Estudiantil Universitaria] en la escuela. Cuando empecé a destacarme en la Escuela de Derecho, las autoridades de la Universidad plantearon la contradicción. Era para mí una cuestión ética, entre la lealtad a la Universidad a la que ingresaba y la lealtad al amigo que me había enseñado a jugar el básquetbol. Se me presentó un conflicto: ¿qué debía hacer, seguir en el Yacht club o incorporarme al equipo de la Universidad? No dejaba de ser contradictorio que fuera un futuro dirigente allí y un atleta que compitiera contra ella. Me di cuenta de que era una situación anómala, en la que ni siquiera había pensado cuando, desde antes de ingresar a la Universidad, me había comprometido a seguir en el equipo, debido a la presión e insistencia de mi mánager.

Ante este problema fui a explicarle al instructor de deporte mi situación: por un lado tenía un compromiso con él y, por otro, estaba en la Universidad desarrollando varias actividades y deseaba que me liberara. A él no le gustó, evidentemente preocupado por su interés como mánager del club. Yo no tenía nada que ver con aquel club ni me interesaban ellos, tenía solamente un compromiso con el entrenador.

Volví a verlo y le insistí en la situación anormal creada, y en que si estaba en la Universidad, lo más correcto, lo más natural era que integrara el equipo universitario. Entonces, me percaté del egoísmo de aquel hombre. Por encima de mis problemas y de mis intereses, él hacía prevalecer los suyos como mánager, para no perder un atleta.

Pensé que él iba a comprender y me iba a liberar, pero adoptó una actitud egoísta, no comprendió mis explicaciones. Entonces tomé una decisión, le dije: «Tú no entiendes, no me quieres liberar, pues voy a dejar de jugar en tu equipo y me incorporaré al equipo universitario, es lo que debo hacer si voy a estudiar en la Universidad». Como es lógico, no le gustó, y se peleó conmigo porque no quería liberarme del compromiso, y me vi obligado a imponerle la decisión de retirarme de su equipo. Así me inscribí en el equipo universitario y comencé a entrenar varios deportes, entre ellos el béisbol. Me parecía que tenía bastantes perspectivas como atleta allí.

El primer año practiqué deportes, pero ya las actividades me ocupaban tanto tiempo que no pude seguir desarrollando un entrenamiento sistemático en el básquet y la pelota. Era muy intenso y me llevaba mucho tiempo porque competiríamos en un campeonato muy serio. Entonces me retiré del deporte. A pesar de que me presionaron mucho y entrené unas cuantas semanas, no pude seguir y tuve que dedicar el ciento por ciento de mi tiempo a las actividades políticas.

Tomé la decisión de abandonar aquel club sin vacilación, y creo que fue absolutamente correcto porque estaba entre dos egoísmos: entre la mala fe de los que querían utilizar el asunto para restarme fuerza política en la Universidad y el egoísmo de quienes me querían utilizar como atleta de sus equipos. Me incorporé a la Universidad, como era realmente mi deber y mi deseo, pero a medida que me fui adentrando en las tareas políticas tuve que dejar el deporte.

Lo primero que sacrifiqué por la política fue nada menos que el deporte. Seguí participando, pero ya no en competencias oficiales importantes; sí en competencias entre cursos y escuelas que no exigían un entrenamiento tan riguroso. Ocurrió en el primer año, tal vez en el segundo, después tuve que sacrificarlo totalmente por mis actividades políticas en la Universidad.

Yo todavía no era utopista, empecé a serlo cuando comencé a estudiar, hasta que llegaron las elecciones, donde saqué 181 votos ante mi adversario, un viejo político que solo sacó 33. Los demás de mi candidatura salieron como consecuencia de la campaña que hice, ،todos! Los estudiantes votaron por la gente que estaba conmigo, es decir, votaron muy pocos por la candidatura contraria. A pesar del trabajo de los líderes de los cursos superiores y de su trabajo político, saqué, en la primera elección de mi vida, casi seis veces más votos que los que había sacado mi contrincante.

La campaña tuvo una característica propia: rechazo total a las viejas técnicas políticas, a las viejas prácticas, a la inmoralidad de ganar influencia de los estudiantes gestionando favores académicos fraudulentos. Desde el primer momento me diferencié totalmente de los demás líderes políticos y, sobre todo en el aspecto de que no pasara jamás por mi mente la idea de que me dieran una nota por ser dirigente.

A lo largo de toda mi carrera saqué notas, por lo general, buenas y algunas muy buenas, pasé por exámenes difí ciles calificados de muy buenos por los profesores. Jamás me regalaron un punto en la Universidad, y mis notas, casi todas con sobresaliente, fueron el resultado de mis estudios; desde luego, como estudiante finalista, algo que no le aconsejo a nadie. Realmente censuro y critico tal actitud. Lo que defiendo y he planteado a cada estudiante es que no se debe ser finalista, sino estudiar desde el primer día, que atiendan y asistan a clases. Cuento lo que hice, pero no lo considero en absoluto recomendable para ningún estudiante. Tampoco quiero excusarme, digo cómo era yo. Las aulas me parecían una prisión. Pensaba en otras cosas cuando estaba en clases, y adquirí el hábito de estudiar las materias por mi propia cuenta; igual técnica apliqué en la Universidad, donde no tenía obligación de ir a clases, me sentí liberado.

Además, utilicé el método autodidacta porque en la práctica nadie me despertó un gran interés por la materia. Desgraciadamente no encontré profesores brillantes que arrastraran al alumno al aula. En cambio, hallé una vocación que me absorbió toda la vida hasta este minuto. Desde hace ya casi 65 años he vivido consagrado de manera total y absoluta a la política revolucionaria.

Empecé por adoptar algunas decisiones como la de repudiar las técnicas politiqueras e inmorales, llegué a un sentido de lo recto, a un sentido de la moral, de lo justo; una ética me hizo rechazar aquellas prácticas y no aplicarlas nunca. Me aparté totalmente de las tradiciones que seguían los líderes estudiantiles en una serie de aspectos. Logré el apoyo de los estudiantes y, sin embargo, jamás gestioné un punto, una nota, o algo que no se mereciera un estudiante, no entré nunca en tal terreno de servicios a los estudiantes ni acepté jamás que me regalaran un solo punto de una sola nota a lo largo de toda mi carrera universitaria. Diría que fue un punto de diferenciación con los demás, algo absolutamente espontáneo de mi parte, en el que no me dejé llevar ni arrastrar por otros.

En las elecciones alcancé un triunfo rotundo. Desde entonces, me convertí en líder de aquel curso; y algo más, en el año siguiente mis contrincantes no pudieron estructurar una candidatura, no pudieron conseguir un solo estudiante.

Entonces, por primera vez en la historia de la escuela, hubo una sola candidatura, fue en segundo año. Organicé la candidatura que me apoyaba en primer año, orienté el tipo de trabajo que debía hacerse, los ayudé y ya, desde luego, los dos cursos más numerosos de la escuela los tenía a mi favor.

En primero y segundo año estudiaba el 80% de los alumnos de la escuela y tenía su apoyo total. Eso fue mientras cursaba el segundo año.

Considero la etapa universitaria como la más difícil, más quijotesca, la más peligrosa y heroica de mi vida.

Más que la propia lucha en la Sierra, porque allí yo estaba con un fusil y en la Universidad muy pocas veces tuve un arma; tenía que andar totalmente desarmado la mayor parte del tiempo, porque estaba contra el gobierno, y el gobierno controlaba la policía, los Tribunales de Urgencia, que eran órganos de represión política; lo controlaban todo.

Dentro de la Universidad asumí la lucha con una oposición radical al gobierno de Grau. Corresponde entonces, a un período en que adopté una posición clara en relación con la política nacional, y no solo universitaria, aunque allí se dirimía esta de un modo muy singular. Entonces comencé mi lucha y el período más quijotesco, peligroso y altruista de toda mi vida, durante el cual la mayor parte del tiempo estuve desarmado. Viví una etapa posterior de intenso y peligroso trabajo. Después que salí de la Universidad, en 1950, y hasta el 10 de marzo de 1952, casi resulta incomprensible cómo fue que sobreviví en ese período.

Tras el golpe de Estado de Batista inicié una lucha de otro carácter. Ya tenía concebida una estrategia para la toma del poder revolucionariamente, ،a los seis años de haber llegado a la Universidad! Se puede decir que en seis años adquirí una experiencia, una conciencia política y, sobre todo, una ideología política y una estrategia revolucionaria.

A los seis años de haber ingresado en la Universidad elaboré mi primera estrategia revolucionaria para la conquista del poder. Viví un período de aprendizaje muy fecundo. A casi ocho años de mi ingreso en aquel alto centro docente, se produjo el ataque al Moncada. Yo no era oficial de ningún ejército, no tenía ejército que utilizar, no tenía nada. En toda mi vida no tuve más que las ideas y una conciencia, una actitud, una ética que adquirí en una lucha difícil. No fue un mérito, fue más bien un privilegio, una suerte haber sobrevivido.

Comencé sin experiencia alguna a hacer todo lo que hice: mis luchas universitarias, mis acciones militares y, posteriormente, como dirigente de una Revolución victoriosa. Todo lo inicié sin experiencia alguna. Habían transcurrido apenas 13 años desde que, sin ninguna educación ni conciencia política, entré en tal actividad. La Revolución había triunfado el 1.o de enero, 13 años y 3 meses después de que, sin cultura política ni experiencia, iniciara mis actividades en ese difícil campo. Había culminado el aprendizaje, había adquirido una conciencia, había llevado adelante una intensa lucha, había participado en una guerra y había alcanzado el triunfo de la Revolución.

Diría que fue en un tiempo realmente breve. En seis años, a partir de cero, me forjé una conciencia política, una ideología revolucionaria y concebí una estrategia de lucha. Cuando entré a la Universidad poseía solo principios elementales sobre la libertad, la democracia, los derechos de los seres humanos, un sentido de la justicia. Las nociones elementales de tipo político que poseía eran burguesas. Creo que en la Universidad fue donde avancé más rápidamente en lo político hasta entonces.

Cuando ingresé en la Universidad, nunca tuve conflicto con los comunistas que conocí. Eran en realidad muy pocos; nos conocíamos, nos tratábamos y fuimos siempre amigos. Lo primero que admiré fueron sus condiciones personales: su seriedad, honradez, consagración. Siempre sentí respeto por ellos. Cuando todavía no había leído el Manifiesto Comunista ni sabía nada de comunismo ni de socialismo, observé sus cualidades personales y se ganaron mi simpatía, mi respeto personal. Nunca logró nadie envenenar mi mente contra el comunismo. Desde que conocí un comunista lo supe respetar como persona abnegada, luchadora, consagrada. ،Jamás en mi vida me equivoqué en eso!

Adopté mi primera decisión política cuando me di cuenta de que aquel gobierno era un desastre y surgió en Cuba, dentro del partido de gobierno, una oposición: la de Eduardo Chibás debe haber sido a finales de 1945 o principios de 1946, desde muy temprano, gentes honestas de dicho partido y otros comenzaron a criticar al gobierno. Lo primero que hice fue incorporarme inmediatamente y de forma espontánea a la primera manifestación de rebeldía contra el gobierno de Ramón Grau San Martín. Fue así.

Katiuska Blanco. Comandante, la oposición del propio partido de Grau surge, efectivamente, en 1946, y la fundación de una nueva agrupación política, el Partido Ortodoxo, fue en 1947. Pastorita Núñez, una de las fundadoras del partido, me habló mucho de la pasión martiana con que defendían las ideas del Partido Ortodoxo [Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxos)] y, por supuesto, de su líder Eduardo Chibás.

Fidel Castro. Las críticas comenzaron antes. Entonces sobrevino aquella etapa difícil. Mi temperamento rebelde me llevó a una lucha contra el gobierno de Grau, en medio de una gran proliferación de organizaciones revolucionarias integradas por gentes que lucharon contra Machado y Batista. Eran varias organizaciones, conocidas por los elogios de la prensa. Cuando llegué a la Universidad eran el non plus ultra, a partir de los elogios de la prensa.

No todas eran iguales y hubo rivalidades entre ellas. Tuve contactos con algunas cuando choqué con las que tenían importantes funciones y poderes en los órganos represivos del gobierno y controlaban la Universidad. Tal vez sobreviví de puro milagro, cuando casi dos años después nuestra fuerza había crecido notablemente y acepté el desafío de aquella gente. Fue una gran quijotada, porque me enfrasqué en una lucha desigual en la que las posibilidades de vencer no existían en lo absoluto.

Empecé la lucha contra Batista sin un fusil, pero tenía más posibilidades de vencer que en la lucha que inicié en la Universidad contra la mafia vinculada al gobierno, porque era la mafia la que controlaba todo. En realidad, más bien reaccioné en primer lugar contra el intento de ganarme en las elecciones de forma fraudulenta. El problema se inició en segundo año, cuando en la Escuela de Derecho, la principal escuela, la más numerosa, tenía controlados los dos cursos a nivel de escuela. Existía una lucha política a nivel universitario, en que el gobierno quería conservar la FEU y la oposición quería desmantelar su control. Mi escuela se volvió importante, la lucha ya estaba proyectada a nivel de Universidad, y aquella gente vio en mí a alguien que se destacaba. De manera sutil ellos trataban de influirme, de ganarme, al mismo tiempo que ejercían su presión sobre mí gente temible, poderosa. Fue cuando reaccioné y más bien desafié a los dueños y señores de la Universidad; ya existía una oposición contra Grau y comenzó la lucha abierta contra el gobierno y contra todos los elementos que controlaban la institución.

Conocí a algunos miembros de la Unión Insurreccional Revolucionaria, un grupo de muchachos jóvenes que realmente me ayudaron, por gestiones del dirigente ortodoxo Rubén Acosta. Un día ellos me acompañaron a la Universidad cuando la mafia grausista me prohibió ingresar allí. A ellos les causó asombro y admiración el hecho de que me enfrentara a una gente que controlaba los instrumentos de represión del gobierno. Aquella mafia tenía a su disposición la jefatura de la policía nacional, la secreta, la de investigaciones, la judicial, el buró de actividades enemigas y la policía motorizada, fuerza élite de la capital. Es decir, los cuerpos policiales y represivos del gobierno apoyaban a mis adversarios y tenían el control de la policía universitaria, el rectorado y las principales instituciones del gobierno universitario. Era el botín que habían heredado. Además, en aquella época, una vida no valía nada, mataban a cualquiera en cualquier momento. Aún me pregunto si fue inteligente el tipo de desafío en que me enfrasqué con ellos. Sin duda debía hacerlo y asumirlo, pero tal vez menos abiertamente. Los líderes de otras escuelas que conformaban nuestra oposición fueron más prudentes y concitaron menos odio. El odio del adversario se concentró en mí.

Cuando más tarde desafié a Batista, lo hice con un grupo selecto de compañeros extraordinarios para ocupar las armas y levantar la ciudad de Santiago, y cuando fui a la Sierra Maestra éramos 82 hombres bien armados, entrenados, valientes. De nuevo, después del revés inicial, reanudamos la lucha con unos pocos fusiles, pensando en reunir a los demás, pero bueno, un grupo de hombres en una montaña dispuestos a librar una guerra contra un ejército también era algo muy difícil. Pero en la lucha en la Universidad me vi, en cierta forma, y en determinado momento, sin armas, sin nada, con un desafío tremendo por delante. Creo que ayudó a salvarme la decisión, la audacia y el prestigio entre los estudiantes.

Había logrado algo: el enemigo me admiraba porque nunca se había encontrado con nadie que lo desafiara así tan resueltamente como lo hice, con desprecio y determinación. Lo sé porque tuve pruebas. En aquella lucha hubo un momento muy crítico cuando estaban eligiendo la presidencia de la FEU, hubo una tregua, y todos los que me querían matar vinieron a abrazarme. Tuve entonces la oportunidad de ver a mis adversarios. No todos los que participaban eran gente mala, incluso, tenía adversarios de buena fe que integraban las filas del otro grupo, muchachos honestos, que se creían revolucionarios, y pensaban que el gobierno también lo era. Varios de ellos, después, lucharon junto a nosotros en la Revolución y algunos murieron combatiendo. Tuve adversarios que luchaban en el partido opuesto, algunos lucharon después junto a nosotros, y creo que aquella lucha me ayudó a madurar políticamente.

Digo que esta fue la lucha más difícil, y casi por puro azar no me mataron. Más tarde, durante el gobierno de Prío, luché contra todas las organizaciones, hasta contra quienes en un momento me habían apoyado. Entre la gente que me apoyó o me adversó en la Universidad había buenos muchachos, carentes de una cultura política, algunos estuvieron después con la Revolución.

Aprendí cómo en aquella sociedad mucha gente buena se perdía en procesos políticos que no valían un centavo, y cómo prevalecían la mentira, la falsedad y el fraude en el capitalismo. Revolución, ¿qué era revolución? Todo el mundo se titulaba revolucionario, todo el mundo era héroe. Viví todo el culto a quienes lucharon contra Machado y Batista; fundaron organizaciones autodenominadas revolucionarias, que después degeneraron en grupos violentos; organizaciones fundadas bajo la consigna y la idea de hacer justicia con los autores de los asesinatos cometidos por las tiranías de Machado y Batista.

Katiuska Blanco. —«La justicia tarda, pero llega», era el lema de Unión Insurreccional Revolucionaria (UIR) que dirigía Emilio Tro, y se proponía castigar por su cuenta a los esbirros del machadato que permanecían impunes.

Fidel Castro. Pero también aquello que era fuente de anarquía y caos me enseñó una cosa: para que no haya venganza hace falta que haya justicia. Fue una idea básica que aprendí de aquellos hechos. Educamos al pueblo en la idea de que nadie saqueara ni tomara venganza por sus propias manos, porque habría justicia. Educado nuestro pueblo en tales conceptos, no se produjeron saqueos ni personas arrastradas por la calles. Nadie violó dicha norma.

La Universidad me enseñó mucho. Dentro de aquel período está la expedición contra Trujillo en la que me enrolé. Mis enemigos dirigían la expedición, pero al verme allí, me trataron con respeto.

Entre los jefes se encontraba el principal líder universitario, Manolo Castro, quien apoyaba a Grau y poseía un cargo importante en el gobierno. Cuando yo llegué, él era el presidente de la FEU.

Fui sobreviviendo de milagro en milagro, debo haber tenido un patrono, a lo mejor san Fidel me protegió.

 Katiuska Blanco. Bueno, si se guía por el nombre del que iba a ser su padrino sería san Fidel de Sigmaringen, «el abogado de los pobres» como le llamaban, pero por la fecha de nacimiento serían dos los santos patronos que lo protegen: san Hipólito y san Casiano; por tal razón sus nombres aparecen en las actas de bautismo y de nacimiento, por la Iglesia y el Registro Civil.

Fidel Castro. Pues bien, ellos me protegieron y lograron el milagro de que sobreviviera. Creo que si me enfrasqué en una lucha de aquella magnitud y riesgos fue, sin duda, una gran prueba de decisión, desinterés, dignidad y rebeldía; a la vez considero absurdo que desafiara tales peligros por una simple cuestión de dignidad y honor.

Pienso que fue resultado de la falta de experiencia, porque escollos tan difíciles como los que encontré pude haberlos sorteado si hubiera tenido preparación política; pero mi reacción era dura, agria ante toda manifestación de prepotencia, hegemonismo e intimidación. Me hicieron reaccionar y enfrascarme en un desafío que en tal etapa, con más experiencia, debí haber evitado, aunque sin hacer concesiones. Una reacción pequeñoburguesa, diría un comunista bien formado. Pude decir: «No estoy de acuerdo», con un poco de diplomacia, manteniendo mis posiciones; incluso, pude hacer algún repliegue táctico; habría sido tal vez conveniente.

Creo que si fuera a aconsejar a un joven en circunstancias como aquellas, le aconsejaría más prudencia de la que tuve; más prudencia, porque no era el momento, realmente, de jugarse el todo por el todo. Es decir, no existía proporción entre lo que defendía y lo que arriesgaba. Tendía mucho a la reacción personal, al desafío, al honor, la dignidad, y por ello creo que fue una etapa muy quijotesca.

La lucha debe ser, si uno tiene experiencia, por la dignidad nacional o de clase, por una revolución, una causa, un gran objetivo: ،voy a cambiar la sociedad! Se deben correr todos los riesgos que corrí, pero no por una cuestión de honor, dignidad o temperamento, y creo que podría haber atravesado todo aquel período sin sacrificar la dignidad y el honor ni renunciar al temperamento, teniendo una idea clara de los valores que defendía; esto estaba asociado a valores sociales y políticos, aunque todavía eran reacciones del individuo frente a determinadas motivaciones.

Corrí muchos riesgos después, pero por cambiar la sociedad. En los años estudiantiles universitarios tenía una actitud casi suicida, de martirologio, de sacrificio personal, dispuesto a darlo todo; era el sacrificio, la inmolación, aunque no la inmolación todavía por cambiar la sociedad, sino por enfrentar determinadas actitudes, hegemonismos, violencias, abusos. Si hubiese sido por cambiar la sociedad, valía la pena. Puede ser prueba de que un individuo tiene un temperamento, un carácter, un espíritu determinado. Como mérito individual puede pasar; sin embargo, como ejemplo de actitud a asumir, lo considero un poco quijotesco, propio de la época de los caballeros andantes, de los tiempos de la caballería, no de aquella época confusa y compleja.

Después maduré, y aceptaba que un policía me ofendiera, me insultara, incluso, que intentara golpearme, algunas semanas antes del Moncada, en la fase final del plan, y yo con una sonrisa porque no podía desviarme de mi objetivo, no podía dejarme llevar por una reacción personal y afectar la lucha que preparábamos, hasta le pedí excusas. Pero ¿a quién en la época de la Universidad le toleraba alguna posición incorrecta?

Considero que, desde un punto de vista personal, la etapa más altruista, más quijotesca, fue aquella, porque después tuve una actitud más adecuada, tenía un plan, un programa, una lucha, una tarea histórica que cumplir. Nada podía apartarme del objetivo fundamental. La falta de experiencia marca la vida de una persona sin conocimientos ni experiencia política alguna. Sin embargo, no me arrepiento de haber sido como fui.

Katiuska Blanco. Recuerdo siempre una frase de usted: «Estaba siempre bajo los palos y los tiros como un Quijote de la Universidad».

 

 
 
 
 

Quiénes somos | | Su Opinión | | Regresar | | Enviar a un amigo | | Imprimir | | Contáctenos | |Correo| |Subir 

Sitio optimizado por 800x600 I.E 5.0
Compiled by Hanna Shahwan - Webmaster
© Derechos reservados 2004-2012