14 de
junio: 80 cumpleaños del Che
Monseñor Carlos Manuel de Céspedes García-Menocal
Era costumbre del Papa Juan Pablo II viajar acompañado por
periodistas que, luego, reportarían el viaje. Durante el
vuelo, en algún momento, el Papa pasaba a la cabina ocupada
por los periodistas y hablaba un rato con ellos. Le
preguntaban habitualmente no solo sobre ese viaje, sino
también sobre casi todo lo humano y lo divino que les
interesase en ese momento. En la anécdota que voy a referir,
se trataba de un viaje a África —Juan Pablo II realizó
varios a ese continente—, hacia finales de la década de los
ochenta o a inicios de la de los noventa. Ya en esos años se
especulaba acerca de una posible visita de Juan Pablo II a
Cuba. Se vino a concretar en enero de 1998. En algún
periódico o revista de entonces, leí lo siguiente que, ahora,
trato de reconstruir, fiado a mi memoria.
En la cabina aérea se había hablado ya de la descolonización
de los países africanos, relativamente reciente entonces. Si
se tocaba ese tema, resultaba casi ineludible referirse, de
algún modo, a Cuba y al Che, uno de los protagonistas de ese
proceso. La pregunta fue directa: "¿Qué opina Su Santidad
sobre el Che?". Según el artículo que entonces leí, el Papa
habría guardado un silencio reflexivo durante algunos
instantes. Lo rompió diciendo, con sencillez iluminadora:
"No lo conozco a fondo, pero sé que se preocupó por los
pobres. Consecuentemente, merece mi respeto". Me doy cuenta
de que el juicio de Juan Pablo II me condujo a una
aproximación más justa acerca del Che. A la hora de juzgar
los hechos de una persona, no deberíamos eludir las
motivaciones que tuvo para realizarlos, para asumir una
actitud ante la vida. El Che no es una excepción. Una cosa
son los excesos que podría haber cometido en el marco de esa
"preocupación", y otra, de muy diverso carácter, las que
cometen hombres y grupos por las sinrazones del egoísmo y la
ambición desmesurada.
Como la mayoría de los cubanos, tuve las primeras
referencias firmes acerca del Che cuando empezó la guerrilla
en la Sierra Maestra, después del desembarco del "Granma", o
sea, a inicios de diciembre de 1956. Ya yo estudiaba en el
Seminario de La Habana y, entonces, la condición disciplinar
de la institución, hoy diversa, nos dificultaba las
informaciones acerca de la situación política y de casi todo
lo que ocurría en nuestro País y en el mundo.
Afortunadamente, yo mantenía comunicación asidua no solo con
mi familia, sino también con amigos, entre los que se
encontraban compañeros universitarios. El Che resultaba ser
el más enigmático de los líderes de aquel proceso. A los
cubanos los conocíamos; al Che lo empezábamos a conocer.
Todas las referencias coincidían en afirmar su arrojo casi
temerario ante el peligro, así como el espíritu de
disciplina. Conocimos que era médico y se hacían historias
acerca de su viaje por América Latina, su presencia en la
Guatemala de Arbenz, el encuentro con Raúl y Fidel en
México, etc. Casi todos valoraban también, desde aquel
entonces, la coherencia entre sus convicciones y los hechos
de su vida. Se decía, asimismo, que era un lector voraz de
buena literatura, con una marcada preferencia por los libros
de Filosofía, y por los autores clásicos; no solo los
españoles, sino también los griegos y latinos, lo cual me
gustaba mucho. Se afirmaba su cultura política de
orientación marxista, lo cual, para muchos cubanos de la
época, constituía un obstáculo para llegar a apreciarlo
positivamente. Reconozco que para mí no lo era tanto pues,
aunque discrepaba de la carencia de una metafísica y de su
negación de la trascendencia en el marxismo, simpatizaba con
el énfasis en el socialismo. Evidentemente, el marxismo no
era, ni es, mi orientación filosófico-política; pero tampoco
lo era, ni lo es, el anticomunismo, más visceral que
racional. Aunque algunos miraban con desconfianza su
condición de extranjero, desde aquellos años algunos amigos,
y yo personalmente, relacionábamos su presencia en el seno
de la Revolución cubana, con la de tantos extranjeros que
cooperaron con nuestros movimientos independentistas del
siglo XIX; sobre todo con la de Máximo Gómez. El
Generalísimo dominicano, lo sabemos de sobra, es parte
integrante del panteón patriótico e internacionalista cubano.
A
medida que nos encaminábamos a la victoria revolucionaria y,
ya en la etapa final, villaclareña, de la guerrilla, las
anécdotas acerca del Che, naturalmente, se multiplicaban. Y
mis preguntas a mí mismo, acerca de él, también. Junto con
los datos positivos, se me presentaba una actitud justiciera
radical, dura y fría, frente a las debilidades y errores
humanos; actitud que nunca me ha resultado positiva cuando
la descubro en personas de mi entorno, o en personas a las
que llego por el camino de mis estudios de historia. Los
primeros meses de Gobierno Revolucionario, con el Che ya
instalado en La Habana, parecían confirmar, a mis ojos, la
demasía de tal ánimo justiciero, tanto en el Che, como en la
mayoría de los dirigentes históricos de la Revolución. Los
discursos y escritos del Che en la época estaban en la misma
línea.
Sin embargo, también se me incrementaba la admiración ante
su coherencia existencial e intelectual, así como su
sensibilidad social. Algunos amigos míos, personales,
llegaron a ser colaboradores cercanos del Che en ese periodo.
Ellos constituyeron una preciosa fuente de información
acerca de la riqueza y matices de su temperamento. No lo
podíamos encerrar en su palabra congelada. Ni a él, ni a
nadie. Y con esa difícil especie de contradicción en mi
acercamiento al Che, llegamos a su etapa final, conocida de
primera mano por su "diario" de campaña en Bolivia.
Lamentablemente, nunca lo traté. Durante una buena parte de
su presencia en Cuba, yo vivía y estudiaba en Roma (agosto
de 1959 a agosto de 1963). Desapareció el Che de Cuba —África,
Bolivia y muerte por asesinato—, sin que yo hubiese podido
llenar la laguna de no haber tenido el acercamiento, casi
imprescindible, para conocer y valorar rectamente a una
persona.
Luego vinieron los años del entusiasmo ante el Che, en Cuba
y fuera de ella, aún entre personas y grupos que tomaban
distancias con relación al proceso revolucionario cubano.
Años del crecimiento, casi mitológico, de la imagen, la de
la memoria y la de la iconografía, centrada esta en la
fotografía de Korda. Recordemos el mayo parisino de 1968 y
todo lo que ha sucedido después, en relación —directa o no—
con ese mes irrepetible. Años también, de la aparición de
los ensayos y biografías. Imposible acceder a tantas obras.
En más de una ocasión, pedí orientación al respecto a Manuel
Piñeiro, con quien yo mantuve una buena amistad, nunca
deteriorada por las discrepancias discutibles. Por mi parte,
pues, han sido los años de la decantación de la imagen del
Che.
Y
ahora aparece "Evocación. Mi vida al lado del Che", el libro
insustituible de Aleida March, la esposa y compañera
afectiva del Che en sus años cubanos, los definitivos y
definitorios. Ella es la única que podía custodiar la
presencia de esos rasgos de la intimidad y testimoniarlos
ahora, a una distancia de más de cuarenta años, con su prosa
sencilla, como la de quien conversa familiarmente. Como
deben haber sido contadas estas cosas a sus hijos, que no
tuvieron mejor puente hacia el Che que Aleida, su madre.
Ahora nos ha tocado en suerte, también a nosotros, acceder a
ese camino testimonial, asomarnos a esas realidades no
aprehensibles por otra vía que no hubiese sido esta, la del
testimonio de la esposa y madre de sus hijos. Camino
complementario irrenunciable por parte de todos los que
deseamos "conocer" al Che por entero. Conocerlo en su médula
interior y en las fibrillas del corazón; conocerlo en ese
nivel del ser humano en el que se deciden tanto las
realidades cotidianas más pequeñas, como las del peso social
y visible; nivel en el que surgen, se deciden y empiezan a
vislumbrarse los errores y las virtudes, las dimensiones
positivas y las que no lo son.
Todos los caminos me confluyen ahora en la frase de Juan
Pablo II citada en el inicio de esta reflexión. Casi todo en
el Che debería ser contemplado a la luz de su opción
coherente y radical por los pobres; de su pasión por lo que
solemos llamar "justicia social". Tan coherente y radical,
tan acerina fue su pasión, que lo llevó a la ofrenda de su
propia vida. Y cuando un hombre entero llega a esos extremos,
las discrepancias con él adquieren otro tono, pues tal
hombre merece, no solo respeto, sino también admiración
entrañable.
La
Habana, 27 de Mayo del 2008 (Tomado del sitio Che80) |